24th Sunday in Ordinary Time

Published Sep 16, 2018

In this moment when there are loud and insistent and altogether appropriate calls for the reformation of the Catholic Church, its hierarchy, and its structures, I’ve been reflecting a little on the Reformations of the 16th century. One of the most problems of being an historian by avocation is that some of your best friends have been dead for 500 years.

We know that corruption in the church deeply distressed sincere people like Martin Luther, an Augustinian monk, and enraged more rabid opponents like John Calvin. The church had become a business, trading the sacred for gold. Offices were bought and sold; the simple honest message of the gospel was often hidden beneath trappings of splendor. Outward show overshadowed the conversion of heart, and the generosity of spirit that Jesus preached. The sacraments were monetized, bought and sold, and hence, devalued. Belief became a matter of outward observance, not a loving response of the heart.

Luther and Calvin rightly criticized these attitudes in their quest for the purification of faith, but in their reaction to the corruption they found, their skepticism led to extreme positions: the word, and the word alone, replaced the sacraments; faith, and faith alone, and not our works brought people to salvation. When works and will and human agency were sidelined, it was an easy step for Calvin to move to complex and harsh theologies of predestination, denying that what we do has any effect on the predetermined will of God. They relied on passages from St. Paul’s letters, especially the letter to the Romans, to make their point.

Today’s second reading from the letter of James is a text that the Catholic reformers of the 16th century embraced in their response to Luther and Calvin. And it is certainly worthy of our attention today. It may have been written by James, a kinsman of Jesus with whom Paul disputed; it may be of somewhat later origin: scholars argue, as scholars are always want to do. What is inarguable, though, is the core of the teaching:  that faith without works is meaningless. More than meaningless, more than empty: it is dead. 

What good is it, my brothers and sisters,
if people say they have faith but do not have works?
Can that faith save them?
If a brother or sister has nothing to wear
and has no food for the day,
and one of you says to them,
"Go in peace, keep warm, and eat well, "
but you do not give them the necessities of the body,
what good is it?
So also faith of itself,
if it does not have works, is dead.


Indeed someone might say,

"You have faith and I have works."Demonstrate your faith to me without works, and I will demonstrate my faith to you from my works.

I will demonstrate my faith to you from my works.

One of the great 16th century reformers of the Catholic tradition, St. Ignatius, put it simply: “Love is shown more in deeds than in words.” This is, we all know, a moment that tests our faith. We have experienced and are experiencing again anger and shame because of the grave sins of a few, and the complicity of many more who should have known, and acted, better. We condemn, and rightly condemn, evil deeds, loveless deeds that exploited or concealed that exploitation of the innocent and the powerless. We are right to feel anger and shame, sorrow and frustration.

But we are not powerless. We can, and must speak truth to authority, endowed by our baptism with the priesthood of the faithful, steeped in the inherent holiness of the people of God despite the sins of some of the members, and even some of our leaders. We need to speak out clearly, and keep the pressure forreform of our structures on: yes.

But James reminds us today of the fundamental teaching acted out in life Jesus: that our faith is grounded not just in words, but in the action of the church which, at its best, mirrors the actions of Jesus himself. I don’t believe because of what a priest or bishop or pope says; I believe because of what Jesus did: loving the outcasts, feeding the hungry, healing the sick, sharing in their suffering, doubts, and sorrows, even to death, death on the cross. Sharing our suffering, doubts, sorrows, death.

Frances Cabrini, Seattle’s only canonized saint, didn’t preach. She cared for the sick, founded schools for poor children. Dorothy Day fed the hungry and taught more by example than by word the inherent dignity of every human person. Archbishop of San Salvador Oscar Romero, who will be canonized on October 13, turned his faith into works of justice and charity, and paid for those faithful works with his life, gunned down at the altar.

If we believe in Jesus, if we find the lives of saints like Frances, Dorothy, and Oscar convincing, and follow even in small ways their examples of holy and simple service, we will be able to hold onto our faith, no matter what. And holding onto that faith we will be able to work together for the reform of our battered but beloved church.

Fr. Tom Lucas, S.J.

En este momento cuando eschucamos gritos fuertes e insistentes y totalmente apropiados para la reforma de la Iglesia Católica, su jerarquía y sus estructuras, he estado reflexionando un poco sobre las Reformas del siglo XVI.

Sabemos que la corrupción en la iglesia angustió profundamente a gente sincera como Martín Lutero, un monje agustino, y enfureció a adversarios más rabiosos como Juan Calvino. La iglesia se había convertido en un negocio, comerciando con lo sagrado por oro. Las oficinas fueron compradas y vendidas; el sencillo y honesto mensaje del evangelio a menudo se ocultaba debajo de adornos de esplendor. El espectáculo exterior eclipsó la conversión de corazón y la generosidad de espíritu que Jesús predicaba. Los sacramentos fueron monetizados, comprados y vendidos, y por lo tanto, devaluados. La creencia se convirtió en una cuestión de observancia externa, no en una respuesta amorosa del corazón.

Lutero y Calvino criticaron correctamente estas actitudes en sus búsqueda de la purificación de la fe, pero en su reacción a la corrupción que encontraron, su escepticismo llevó a posiciones extremas: la palabra y la sola la palabra, las escripturas reemplazaron a los sacramentos; fe y fe solamente, y no nuestras obras llevarian a la gente a la salvación. Cuando las obras, la voluntad y la agencia humana fueron dejadas de lado, Calvino podía passar facilmente a duras teologías de la predestinación, negando que lo que hacemos tenga algún efecto sobre la voluntad predeterminada de Dios.

La segunda lectura de hoy de la carta de Santiago es un texto que los reformadores católicos del siglo XVI abrazaron en sus respuestaa a Lutero y Calvino. Y ciertamente es digno de nuestra atención hoy. Podia haber sido escrito por Santiago, un primo de Jesús con quien Pablo discutió; puede ser de un origen algo posterior: los estudiosos argumentan, como los estudiosos siempre quieren hacer. Sin embargo, lo que es indiscutible es el núcleo de la enseñanza: que la fe sin obras no tiene sentido. Más que sin sentido, más que vacío: está muerto.
 

Hermanos míos: ¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe?

Supongamos que algún hermano o hermana carece de ropa y del alimento necesario para el día, y que uno de ustedes le dice: "Que te vaya bien; abrígate y come", pero no le da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué le sirve que le digan eso? Así pasa con la fe; si no se traduce en obras, está completamente muerta.

Quizá alguien podría decir: "Tú tienes fe y yo tengo obras. A ver cómo, sin obras, me demuestras tu fe; yo, en cambio, con mis obras te demostraré mi fe".
Te demostraré mi fe con mis obras.

Uno de los grandes reformadores de la tradición católica del siglo XVI, San Ignacio, lo expresó de forma sencilla: "El amor se muestra más en los hechos que en las palabras".

Esto es, todos lo sabemos, un momento que pone a prueba nuestra fe. Hemos experimentado y experimentamos nuevamente enojo y vergüenza debido a los pecados graves de unos pocos, y la complicidad de muchos más que deberían haber sabido y actuado mejor. Condenamos, y condenamos correctamente, las malas acciones, las obras sin amor que explotaron u ocultaron esa explotación de los inocentes y los desvalidos. Tenemos razón al sentir enojo y vergüenza, pesar y frustración.

Pero no somos impotentes. Podemos, y debemos decir la verdad a la autoridad, dotados por nuestro bautismo con el sacerdocio de los fieles, empapados en la santidad inherente del pueblo de Dios a pesar de los pecados de algunos de los miembros, e incluso algunos de nuestros líderes. Necesitamos hablar claramente y mantener la presión para la reforma de nuestras estructuras en: sí.

Pero Santiago nos recuerda hoy la enseñanza fundamental actuada en la vida de Jesús: que nuestra fe no se basa solo en palabras, sino en la acción de la iglesia que, en el mejor de los casos, refleja las acciones de Jesús mismo. No creo por lo que dice un sacerdote, obispo o papa; Creo por lo que hizo Jesús: amar a los marginados, alimentar a los hambrientos, sanar a los enfermos, compartir sus sufrimientos, dudas y tristezas, incluso hasta la muerte, la muerte en la cruz. Compartiendo nuestro sufrimiento, dudas, tristezas, muerte.

Francesca Cabrini, la única santa canonizada de Seattle, no predicó. Ella se preocupó por los enfermos, fundó escuelas para niños pobres. Dorothy Day alimentó a los hambrientos y enseñó más con el ejemplo que con la palabra la dignidad inherente de cada persona humana. El arzobispo de San Salvador Oscar Romero, quien será canonizado el 13 de octubre, convirtió su fe en obras de justicia y caridad, y pagó por esa conversió con su vida, asesinado a balazos en el altar.

Si creemos en Jesús, si encontramos convincentes las vidas de santos como Francesca, Dorothy y Oscar, y seguimos incluso también en pequeñas formas sus ejemplos de servicio santo y sencillo, podremos mantener nuestra fe, sin importar qué. Y aferrándonos a esa fe, podremos trabajar juntos para la reforma de nuestra iglesia herida pero amada.

Fr. Tom Lucas, S.J.

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